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Fue apenas ayer, en 1975, y merecen la reparaciòn històrica

SE LLAMO ALTAIR 8800,
COMO LA ESTRELLA DE UNA 
TELESERIE

Hace ya más de un cuarto de siglo, en enero de 1975, la portada del conocido mensuario norteamericano PopularElectronics (PE de aquí en más) anunciaba:

¡UN GRAN DESCUBRIMIENTO!

El primer kit de minicomputadora a nivel mundial para rivalizar con los modelos comerciales..

¡ALTAIR 8800!

Ni más ni menos: la primera computadora personal. Costaba 397 dólares, que había que mandar por giro postal a una desconocida firma de Alburquerque, para en una de esas recibir a vuelta de correo un juego de piezas sueltas que no en todos los casos ensamblaban y que en caso que se lo lograra, según aseguraba vagamente el artículo interior, podía tener tantos usos múltiples que no podemos incluso pensar en este momento.

En realidad, metidos en una carrera de locos, no habían tenido ni tiempo de probar qué se podía hacer con eso. Sin embargo, si bien Ed Roberts, el fracasado fabricante de kit de calculadoras programables que estaba al borde de la quiebra por un monto cercano al medio millón de dólares y necesitaba vender 400 para salvarse, el banco le había prestado los últimos 65 mil dólares confiando en que por lo menos ubicara 200 y Leslie Les Solomon, el editor de PE, para darle ánimos le había dicho que iban a vender 800, fue aparecer la revista en los quioscos y un aluvión de casi dos mil talones con sus respectivos giros cayó en la dirección de MITS, acrónimo de Micro Instrumentation Telemetry System, nombre un tanto impactante que no concordaba dema siado con el bolichón al lado de una lavandería y que antes había ocupado un bar al paso llamado poéticamente The Enchanted Sandwich, algo así como El Sánguche Encantado.

En marzo de 1975 los pedidos ya sobrepasaban los 4 mil. Llegaron a rechazar varios al por mayor. Una franja cada vez más amplia de jóvenes entre 20 y 30 años, algunos quizá mucho menores, parecía enloquecida por un catafalco que no tenía monitor, disquetera, teclado ni nada que se parezca, y que no hacía otra cosa, siempre y cuando se programara a mano, esto es, metiéndole cortocircuitos que le dieran la secuencia de ceros y unos del lenguaje binario, que hacerle parpadear unas luces de colores en el panel delantero. 

Todo había empezado exactamente un año antes, cuando Roberts, ya casi en la lona y con los acreedores girándole en derredor como los pieles roja antes de un ataque, decidió ceder a los cantos de sirena de Solomon, a quien los jóvenes ya habían bautizado como El Tío Sol, y decidió que tratar de diseñar la primera compu tadora personal o algo que se le pareciera podría ser la muerte o la gloria. El primer gran paso fue cuando consiguió que Intel le vendiera una partida de 400 microprocesadores 8800, que acaban de salir, en 75 dólares cada uno cuando se los estaba vendiendo a 370. En medio de una selvática competencia, eso lo ponía a tono por lo menos en el precio, algo para empezar. 

Solomon conocía de antes a Roberts. El nexo había sido un amigo común, que también escribía para PE: «Vení que te voy a presentar a alguien más estrafalario que vos», le anunció. Era mucho decir. El Tío Sol se había ganado ese mote porque recorría escritorios y laboratorios de sus jóvenes colaboradores de PE, incitándolos a no dejarse ganar por los tropiezos cuando estaban en plena inventiva algo, intensas y larguísimas charlas que él matizaba con historias personales donde levitaban mesas y otros muebles, fascinándolos, o por lo menos renovándoles el ánimo. 

Desde las primeras charlas con Solomon, Roberts coincidió en que había cantidad de profesionales y aficionados que trabajaban con las computadores de entonces y que querían una para ellos, que no tuvieran que compartirla con otros para manejar el archivo que habían creado, o poder jugar un poco, tenerla en la casa. PE iba a patrocinar periodísticamente cualquier proyecto serio en la materia. 

Les siempre supo que Ed era «el hombre». No eran los únicos que olfateaban lo que andaba en el ambiente. En julio de 1974, Radio Electronic, la competencia, se les quiso adelantar con la Mark-8, a 800 dólares. Un estrepitoso fracaso: resultó una rara mezcla entre «terminal boba» y nada. Justo entonces Roberts había terminado el diseño original y se lo había pasado a sus ingenieros Jim Bybe y Bill Yates para los pasos finales. 

La presión de Solomon era constante porque estaban en una carrera contra reloj. Cuando por fin en el MITS terminaron el prototipo y lo mandaron por tren a Nueva York, para la fotografía de la portada, la encomienda no llegó jamás. Sucede en las mejores familias y en los países más desarrollados. Roberts voló desde el sur para hacer una demostración y ver qué podían poner en el artículo que sabía hacer y sólo les quedó hacer remitir urgente desde la otra punta del mapa de una carcaza con las lucesitas, que fue lo que finalmente apareció foto grafiado. 

El semiquebrado Roberts pasó, en poco más de sesenta días, de deber casi medio millón de dólares a tener un superávit de 300 mil. En San Francisco no tardó en formarse el Homebrew Computer Club, entre cuyos fundadores estuvo Steve Wozniack, grupo del cual sal drían todos los gestadores del fenómeno porque eran los que habían estado esperando el momento sin saber muy de qué y cómo se iba a tratar. 

En una sesión de abril de 1975 todos tuvieron la paciencia necesaria para que en el escenario Steve Dompier cargara a mano la memoria expandible de 256 bytes (¡un párrafo!) para una anunciada gran demostración sorpresa. Horas y horas en su casa, había descu bierto que cuando se la «hacía correr» habiendo una radio prendida cerca, no le producía descargas, sino que le sacaba sonidos. Cuando estaba por terminar, el que nunca falta pasó por atrás y pateó el cable. Casi lo linchan. Hubo que hacer de todo de vuelta. Valió la pena: aunque debiluchas, las primeras notas de Yesterday, de John Lennon, fueron algo así como el toque de largada. 

La reacción, un paroxismo total: ¡la porquería servía para algo! En menos de tres años hicieron todo lo que se necesitaba, en las peores condiciones. Aparecieron sistemas operativos, la hoja electrónica de cálculo (primer aporte inédito de la informática a la cultura del hombre), los BBSs, procesadores de texto, bases de datos, soft para programadores. 

Todo. 

Al año, la nueva Altair, con el nuevo microprocesador Intel, costaba 100 dólares menos y había empezado otra historia para el hombre. (AR

Leslie Solomon, el editor de Popular Electronic, Les para los amigos y
The Uncle Sun (El Tío Sol) para la pléyade de jovencitos
que se esperaban la herramienta para la gran revoluciòn.
Fue el alma mater de la PC, y sin su inquebrantable, voluntad, fe
y talento no estaríamos hoy aquí. Pero sin embargo es uno de los
grandes olvidados. Particularmente por sus colegas, periodistas,
empezando por los especializados, que pretendenten hacer comenzar
la historia a partir de 1981, cuando apareciò la de IBM y ya estaba
todo inventado


LO QUE SE CIFRA EN EL NOMBRE

El literato de turno que siempre hay entre los tecnócratas la bautizó oficialmente Little Brother, con la idea del hermano menor o el más chico de la familia. Ed Roberts la nominó sencillamente, para uso interno, como PE-8, por la revista que la iba a patroci nar y el chip, dejando para los periodistas encargados del lanzamiento cuál podía ser más atractivo. Leslie Solomon tampoco se le ocurrió nada. Un día volvió a su casa y se encontró con su hija Lauren (12), pegada al televisor, mirando Star Trek, una tira que estaba de moda. Algo le destelló adentro: 
-¿Cómo se llama la computadora del Enterprise?
-Computadora -fue la seca respuesta. 
-Necesito un nombre para ponerle a una computadora -no se rindió El Tío Sol.
-Altair -le contestaron. 
-¿Qué es Altair
-La estrella donde esta noche llega el Enterprise, papá -aclaró la nena, ya un poco esgunfiada. Lo de 8080 es por la nominación puesta por Intel al chip. Una mezcla balanceada de fantasía y tecnología siempre resultó apetecible en este terreno.
 

SNIF, SNIF... 

El prototipo de la Altair 8080 se perdió en la noche de los tiempos de los ferrocarriles norteamerica nos entre Florida y Nueva York. La numerada 0001 fue para Leslie Solomon, quien la instaló en su escritorio y la conectó a una teletipo para ver si podía hacerle hacer algo. Fue tal el batuque que armaba que en el resto de la redacción, a pesar del éxito editorial que significó, las protestas fueron tantas y de tal tenor que El Tío Sol la tuvo que mudar al sótano. Desde el vamos nomás, las relaciones entre periodismo y esta tecnología de punta han sido notablemente antagónicas... (AR)
 

Publicado en suplemento de informática de La Prensa en diciembre 1994

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